D’Angelo - Voodoo (2000)
Neo-Soul, Funk, Contemporary R&B, Smooth Soul, Psychedelic Soul, Hip Hop
Recomendación: escucha el disco mientras lees la reseña.
Tiempo estimado de lectura: 4 minutos.
Las muertes, si bien nunca un suceso deseado, tienen su lado medio lleno del vaso: reivindicar pasados cuya presencia fue haciéndose a un lado producto de la predominante actualidad. En el caso de los músicos, esto tiene un factor multiplicador mayor aún, permitiéndoles llegar a oídos noveles que de otra manera difícilmente hubiesen permeado, o como poco, ubicarse como un nombre a priori extraño dentro de su radar; lo que le llaman sembrar la curiosidad.
Y es que la figura de D’Angelo, sin entrar en comparaciones con otros artistas recientemente fallecidos, es al menos un poco peculiar –más aún si no eres de EE.UU. o no eres un gran conocedor de sus exponentes–. Alguien con solo tres discos de estudio, de los cuales todos hayan sido catalogados como obras maestras, y con escasa aparición pública, pareciera ser parte de un culto exagerado de esos con pregones del tipo todo lo que toca lo convierte en oro. Si bien convengamos que en dicho país este tipo de hipérboles no dejan de ser recurrentes –que es la automitologización sino la herramienta narrativa más poderosa de ese país–, admitimos que en este caso nos hacemos parte, y nos enunciamos a través de la siguiente ofrenda.
Ante todo, Voodoo (2000) es un disco que cumple a cabalidad con el atributo de atemporalidad. Es un álbum que podría salir hoy y remecer los charts y transversalmente el periodismo musical con la misma o mayor fuerza que en el cambio de siglo. Algo hay en sus composiciones de inmortal y de fresco que hacen que sus sonidos envejezcan como vino del mejor. Tal vez esa vitalidad se alimenta de la enorme influencia que dejó tras de sí, teniendo a gran parte de las tendencias actuales, en mayor o menor medida, tras su impronta –Blood Orange y Tyler, the Creator, por mencionar grandes nombres, y en cuanto a lo micro, la escena jazz y soul actual argentina de la que ya hemos hablado en otros escritos–.
Si tuviésemos que elegir un pilar que trascienda al disco, sin dudas este sería el groove. Omnipresente y en ningún caso monotemático a lo largo de los 78 minutos del LP, Michael Eugene Archer sabe impregnar un cruce de estilo, sensualidad y precisión que distribuye, sin engolosinarse –y esto es clave–, entre bajos, percusiones, melodías vocales y vientos, haciendo que hasta los silencios suenen grooveros. Lo que ya había logrado con muy buenos resultados en su debut, Brown Sugar (1995), lo escala hacia un nivel superior; mencionar ejemplos sería tan redundante como enumerar el setlist, así que optamos por el descubrimiento en la escucha.
Pero no sólo del groove vive el hombre, dirán. Otro atributo que hace del álbum un bien de goce abordable es su cercanía. En gran parte por su producción análoga –en un casi abandonado Electric Lady Studios–, que buscaba recrear las atmósferas soul de los 60s y 70s situando la voz un pelo detrás de la banda y utilizando reverbs naturales de la misma sala, hace que al escucharlo te sientas como si estuvieras presenciando en directo la grabación del LP. Si hasta casi llega el calor de cuerpos semidesnudos y los respectivos humos que mezclan dulce y amargo por partes iguales. El sonido absorbente de los bajos y la nitidez de sus guitarras y baterías, hacen rememorar esos discos de Sly Stone o Marvin Gaye cuya vibra comunitaria y espiritual envuelven, pero en HD. Esto hace que el groove deje de ser un elemento superficialmente placentero, para llevarlo a un plano vivencial.
Sin embargo, si ya estamos mencionando aspectos del sonido y su producción, nobleza obliga a reparar en sus ejecutores. Y es que si bien D’Angelo se lleva parte importante del pastel debido a su impecable rol multiinstrumentista y productor, hay actores que merecen la pena mencionar: las baterías a cargo de Questlove –también conocido como el batero de The Roots–, y los bajos maridados por Pino Palladino y Charlie Hunter, quien también se encarga de dejar una impronta jazz en las guitarras de cortes como ‘The Roots’ y ‘Spanish Joint’. Este tridente es encargado de sazonar la impronta ya dirigida por el jefe y ayudar a terminar de salpimentar una preparación sorprendentemente bien cocinada en su punto.
Reparar en canciones específicas sólo haría más difícil de digerir este engrudo de reseña, por lo que es una licencia que nos tomamos la libertad de acuñar; más aún cuando, desde nuestro punto de vista, se trata de un disco que cuya bonanza está totalmente alojada en el todo, en su atmósfera, en su vibra, en su calidad de resolución, y en su carácter presencial, como esas historias tan bien contadas que te dan la sensación de haberlas vivido de tan solo escucharlas.
Un álbum que, valga la redundancia, nace a partir de otro nacimiento –el de su primer hijo, que le permitió superar el bloqueo de escritor y orientar las letras hacia perspectivas de madurez y responsabilidad, no sin pasar por lógicas temáticas amorosas–, y que esperamos que la partida de su creador sirva de nueva génesis para las camadas actuales, como una dolorosa forma de pasar el testigo, y permitir a la curiosidad germinar.
Temas clave: Playa Playa, Send It On, y Feel Like Makin’ Love





DAngelo mi por siempre favorito, padre del r&b, me hace sentir todo que delicia de música.